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LIDERAZGO

Elegimos aquello que no nos deja ver

"El falso ser es nuestra ceguera elegida"

Bernardo Torres · · 6 min

Hay algo medio fuerte en esa frase, si te pones a pensarla, no dice que la ceguera nos pasa, dice que la elegimos. Que cada máscara que traemos puesta fue una decisión nuestra, repetida tantas veces que un día dejamos de verla como decisión y empezamos a decir “así soy yo”.

La mía la tengo bien ubicada, soy el que aprendió desde niño que el amor se gana, que pertenecer se va construyendo logro sobre logro, que descansar es peligroso porque en el silencio aparece la pregunta que más preocupa: ¿quién soy yo cuando no estoy produciendo algo? Mi ceguera elegida fue convencerme durante años de que esa pregunta no tenía respuesta, así que mejor ni la abría. Mejor llenar el día, mejor otra propuesta, otra empresa, otro proyecto que demostrara que valgo.

Mi mente racional se pelea con todo: la venda en los ojos no se quita pensando más. Se quita metiéndote en la herida, y la herida no se piensa, se siente. Ese es justo mi nudo. Soy un tipo bien espiritual, que confía en la esencia, en la gracia, en que la vida sabe lo que hace, y al mismo tiempo soy tan racional que esa confianza me da miedo. Porque confiar es soltar el control, y el control fue lo que me salvó de niño. Mi mente aprendió que estar alerta era sobrevivir. Pedirle ahora que se relaje es como pedirle que traicione a lo único que creyó que me cuidaba.

Lo que la herida sabe y la cabeza no

La trampa del racional es creer que entender la herida es lo mismo que sanarla. Yo he nombrado la mía mil veces, con lupa, con terapia, con plantas de poder, con grupos de líderes: el niño que decidió que tenía que hacer para merecer estar. La tengo clarísima, y ahí sigue, igualita. Porque nombrar no es soltar, soltar duele de otra manera. Soltar es dejar que el miedo suba sin taparlo con otro pendiente, sin convertirlo en estrategia, sin volverlo post de LinkedIn. Es aguantar la incomodidad lo suficiente para que deje de mandar desde atrás.

Y aquí va la parte que no quiero que se me pierda, porque es la trampa fácil del que anda en proceso: creer que sanar es puro mirar para adentro, puro descenso, puro sentir. No lo es. En un libro que se llama Wild at Heart (que no es mi tipo de lectura habitual, demasiado religioso cuando soy absolutamente agnóstico), el autor dice que hay tres cosas que un hombre necesita y las tres pesan igual. Una aventura que vivir, una batalla que pelear y una belleza que rescatar. Son metáforas, y no son metáforas suavecitas de terapia. Son bien reales.

La aventura es real, yo necesito el riesgo, necesito construir, necesito aprender. Uncommon, los proyectos, meterme donde nadie se mete, hacer bici de montaña (con recurrentes lesiones y fracturas en la última década): eso no es huida, también es vida. El error no es la aventura, es usarla para tapar las emociones. La batalla también es real, hay un enemigo y se llama el falso ser, ese que cada mañana me ofrece la venda con una sonrisota y me dice “hoy también ve y gánate tu lugar en el mundo”. A ese hay que ponerle un alto todos los días, no a golpes, con consciencia, pero hay que pelearle. Un hombre sin batalla se ablanda, se duerme, se vuelve espectador de su propia película.

El detalle es que yo soy buenísimo para esas dos. Vivo de aventura en aventura, peleo batallas que ni mías son, esas las domino, el problema es la tercera.

La belleza no se conquista, y por eso me cuesta

La belleza es la única de las tres que no puedes lograr empujando. Por donde se quiera ver: la aventura la emprendes, la batalla la peleas. Las dos dependen de tu voluntad, de tu esfuerzo, de tu capacidad de ejecutar. Justo lo que el falso ser hace mejor que nadie.

Pero la belleza no se gana rindiendo más. Una pareja no te quiere más porque produzcas más (y si eso te hacen pensar, corre amigo, corre). No hay propuesta que ganar, no hay métrica que mover, no hay logro que entregar, y por eso ese es el único terreno donde mi máscara se queda sin herramientas. Donde toda mi creencia de “valgo porque hago” no sirve para nada. Una relación no premia al que más entrega, premia al que más se muestra, y mostrarse, para alguien que aprendió que el amor se gana, es de lo más difícil que hay. Porque si me muestro completo y aun así no basta, ya no hay a quién culpar. Quedo yo, así, sin nada encima.

Ese es el filo del libro que mi parte racional quería esquivar bonito. La belleza es donde se prueba si de verdad solté el control o nada más lo vestí de aventura.

Y entonces llega mi hijo, que no cabe en ninguna de las tres cajas de Eldredge, y que aun así las acomoda todas.

Lázaro no es la belleza que rescato, es el legado que dejo y el propósito que me ordena la vida. Es la razón por la que la aventura, la batalla y la belleza dejan de ser sobre mí. Porque los hijos no heredan lo que les decimos, heredan lo que somos. Si yo vivo desde el falso ser, demostrando mi valor sin parar, le entrego a Lázaro mi misma herida. Le enseño, sin decir una palabra, que el amor se gana y que un día él también va a creer que tiene que ser excepcional para merecer estar. Le paso la cuenta de mi propia historia, y eso sí no.

Pero si peleo la batalla en serio, si suelto el control, si aprendo a vivir desde la esencia y no desde el sacrificio, si soy capaz de cuidar la belleza sin tratarla como un trofeo más, entonces le dejo a mi hijo la única herencia que vale: el permiso de existir sin tener que probarse a nadie. La prueba viva, caminando, de que un hombre puede valer sin andarlo demostrando. Ese es mi propósito, y por primera vez no es uno que pueda lograr a puro esfuerzo. Es uno que solo se cumple sanando. Lo cual, para alguien como yo, es casi una broma del universo.

Así que el camino es tan simple que requiere toda mi atención. Encontrar la herida, no para volverla a analizar, sino para sentirla sin salir corriendo. Soltar el control que me salvó y también me encerró. Vivir la aventura sin usarla de escape. Pelear la batalla sin olvidar contra qué es. Y cuidar la belleza sin convertirla en conquista. La gracia, si existe, no me pide que me gane mi lugar, me dice que ya lo tengo.

Y la prueba de que voy sanando no va a ser otro logro, va a ser el día en que Lázaro me mire y vea a un hombre que ya soltó la venda, presente, completo, suficiente. Esa es la única guerra que de verdad vale la pena.

Y por primera vez en mi vida, no la peleo para ganar. La peleo para soltar.

Sobre el autor

Bernardo Torres es consultor de innovación y estrategia en México, fundador de Uncommon.