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PERSONAL

El peor año de mi vida, 2da parte (sí, sigue)

¿Por qué no pedimos ayuda, aunque sepamos que deberíamos?

Bernardo Torres · · 5 min

Terminé la nota anterior diciendo que toca dejar de cargarlo solo. Y me quedé pensando: qué fácil se escribe, y qué difícil es hacerlo.

Estoy seguro que todos compartimos la idea de pedir ayuda, y casi nadie la pide. Yo el primero. Así que quiero ser honesto sobre por qué.

No es orgullo, o no solo, lo que de verdad me ha frenado no es verme débil, sino que decir el problema en voz alta lo vuelve real. Mientras te lo guardas, todavía puedes fingir (ante los demás, y sobre todo ante ti mismo) que lo tienes bajo control. Contárselo a alguien es soltar esa mentira, y da miedo

Aquí sigue la parte que a mí me costó ver, y sigue costando.

Crees que tu silencio protege la relación, que no le quieres cargar tus broncas a nadie. Pero las personas que valen no viven tu pregunta como un peso. Viven tu silencio como distancia. Mientras tú te sientes fuerte por no molestar, la otra persona se siente afuera y la distancia es la única cosa que un vínculo de largo plazo no sobrevive.

Hay algo más, más simple: no controlas la economía, no controlas al consumidor, no controlas si el año se compone o se hunde. Lo único que está enteramente en tus manos es si lo enfrentas acompañado o a solas. Es una decisión pequeña (compleja) y es tuya.

Y si el problema es cómo se pide, el único cambio que a mí me ha servido: no pidas que te resuelvan, pide que te acompañen. Son dos verbos distintos. “Resuélveme esto” pone una carga que casi nadie puede levantar. “Acompáñame mientras lo resuelvo” es una puerta que casi todos abren. La persona a la que tanto miedo te da molestar casi siempre dice que sí a la segunda.

Nada de esto quita la crisis, pero cambia con quién la atraviesas, y en un año como este, eso ya vale oro.

La crisis también trae regalos

Después de ya algunos tropiezos en más de 25 años trabajando, he aprendido que una crisis no solo te quita, también te devuelve, trae regalos.

Perdernos en lo que se sufre, en es facilísimo, es lo que hace la mente cuando la dejas sola: victimizarse. El cliente que se fue, el mes que no cerró, el margen que se comió la inflación. Lo que casi nadie hace, porque cuesta y porque nadie nos enseñó, es contar lo que sí hay.

De mis breve experiencia haciendo un podcast de filosofía, me quedé con muchas máximas de un tipo al que nadie invitaría a una charla motivacional: Arthur Schopenhauer, el pesimista mayor. Tenía una imagen que no se me olvida. Decía que un barco sin lastre es inestable, que se voltea con la primera ola, y que por eso cierta cantidad de peso, de preocupación, de dificultad, es justo lo que nos mantiene derechos. El lastre no hunde el barco, le baja el centro de gravedad. Lo que sientes como carga es también lo que te impide hundirte. La vida que sale bien en todo, sin resistencia, no produce personas sabias, produce personas infladas. La dificultad, aunque nos pese, es lo que nos aterriza.

Hay otra idea suya que en un año como este también me repito mucho. Schopenhauer separaba tres cosas: lo que uno tiene, lo que uno aparenta ante los demás, y lo que uno es. Lo que uno es, es donde radica nuestra verdad. En los años buenos es fácil confundirlas. El negocio va, la cuenta crece, la foto se ve bien, y terminas creyendo que eso eres tú (doble click a valgo porque produzco). La crisis te quita lo que tienes y lo que aparentas casi al mismo tiempo, parece bastante cruel. Pero fíjate en lo que deja en pie: lo que eres. Tu criterio, tu temple. Lo que sabes y gozas cuando nadie te aplaude. Resulta que ese, y no la foto, siempre fue tu capital real. La crisis no te lo dio. Te lo mostró.

Por eso la resiliencia no es apretar los dientes y aguantar (esa es la versión de cartel en consultorio de dentistas). La resiliencia de a de veras es un acto de atención: dejar de contar solo lo que falta y empezar a ver lo que sí hay. Y siempre hay. Los clientes que se quedaron, la destreza que doce años te dejan en las manos. Las personas que no se movieron cuando todo se movía. El hecho, nada menor, de que sigues de pie leyendo esto. Nombrar lo que sí hay no es optimismo de conferencia, es inventario honesto. Y un inventario honesto casi siempre tiene más de lo que el miedo te deja ver.

Y toca volver a lo de pedir ayuda, porque le faltaba una capa a mi reflexión.

Te dije que pedir ayuda no te resta dignidad, es cierto, pero es lo de menos. Lo que de verdad ganas cuando pides es insight que la crisis te tenía escondido: cuánto le importas a alguien, cuando aportas a otros. No lo sabes hasta que abres la puerta, y hay un regalo al revés que casi nunca vemos. Cuando dejas que alguien te ayude, le das la oportunidad de importar, le das un lugar en tu historia. La ayuda que recibes también es un regalo, para quien la da. Negarte a pedir no solo te aísla a ti. Le quita a la otra persona la posibilidad de ser parte. Visto así, pedir ayuda deja de ser una debilidad que confiesas, es una de las cosas más generosas que puedes hacer.

Una crisis te obliga a soltar lo que tienes y lo que aparentas. Lo que te queda es lo que eres, y con quién lo eres. Tal vez no sea poco, tal vez sea, por fin, lo único que de verdad importa.

Acá está la primera parte: «El peor año de mi vida», publicada un día antes en esta misma sección.

Sobre el autor

Bernardo Torres es consultor de innovación y estrategia en México, fundador de Uncommon.