CARRERA
Doce años y volver a empezar.
Ayer Uncommon cumplió doce años. Doce años desde que decidí que ya no quería trabajar para nadie más y me aventé a fundar una consultora sin saber realmente lo que eso significaba.
Mi primer impulso fue escribir un post celebrando los logros, los clientes, los proyectos. Ya saben, el post de aniversario para LinkedIn. Pero la neta, después de doce años, lo que tengo ganas de contar no es eso, lo que tengo ganas de contar es lo que aprendí cagándola. Porque eso sí le sirve a alguien.
Así que aquí va, sin filtro.
Antes de Uncommon
Pasé doce años en el mundo corporativo. Primero llevando la comunicación de Mabe (primero el entorno industrial y luego el corporativo), después el marketing, el ecommerce y la innovación digital de MAPFRE. Doce años de ascensos, incentivos, tarjetas de presentación (típicas medallas de terminar la carrera de 5 kms). Y doce años de un vacío que no sabía nombrar.
Ya he compartido antes en charlas y posts sobre mis fracasos: me dejé entrenar como cachorro, premio y castigo. Haces lo que se espera, te dan el ascenso. El ascenso te da validación. La validación te da hambre de más. Y sin darte cuenta, estás corriendo una carrera que nunca elegiste correr, pero que se te da bien, y eso es lo peligroso. Porque cuando algo se te da bien, es muy fácil confundirlo con que te gusta.
La comodidad es el disfraz favorito del miedo. Yo lo usé doce años.
Hasta que un día ya no pude más y salté. Sin plan, sin clientes, sin saber lo que era hacer una factura, cobrar un proyecto o negociar un contrato. Solo con la certeza de que quedarme era peor que cualquier cosa que pudiera pasar allá afuera.
Así nació Uncommon. Y estos doce años se dividen, viéndolo en retrospectiva, en tres fases muy claras.
Fase uno: no saber que no sabía
Los primeros años fueron pura adrenalina. Todo era nuevo, todo era aprendizaje, todo era sobrevivir el mes. Eesa fase la recuerdo con muchísimo cariño, porque había algo muy honesto en ella: no pretendía saber lo que no sabía.
Aprendí a vender sin saber vender. Aprendí que un cliente que te regatea desde el día uno te va a regatear toda la vida. Aprendí que el trabajo bueno no se vende solo, por más que nos guste creer que sí. Aprendí que la palabra “no” es una herramienta de negocio, aunque me tardé años en usarla.
Me asocié mal. Entré en sociedad sin entender realmente qué aportaba cada quien, qué exigía cada quien, y qué pasaba cuando las expectativas no se cumplían. Una sociedad es un matrimonio con estados financieros. Yo lo firmé sin saber lo que quería.
Y aprendí la lección más importante de esa etapa, aunque no la entendí hasta mucho después: emprender no te transforma. Cambiar de escenario no te cambia a ti. Yo salí del corporativo pensando que el problema era el entorno y me llevé conmigo, intactos, todos los patrones que me habían formado ahí adentro. La necesidad de validación, la adicción al reconocimiento y el medir mi valor por lo que lograba.
Solo que ahora no había un jefe que me diera el premio. Así que empecé a buscarlo en otros lados. Y ahí empezó la fase dos.
Fase dos: crecer sin ver
Uncommon creció y creció rápido. Más clientes, más proyectos, más equipo, más facturación. Desde afuera, todo se veía increíble. Desde adentro, yo estaba construyendo un desmadre con muy buena fachada.
Estos fueron los errores, los pongo así, directos, porque cada uno me costó dinero, tiempo o pedazos de salud mental:
Crecí sin estructura. El crecimiento llegó antes que el orden, y yo nunca me detuve a ponérselo. Cada proyecto nuevo era un incendio nuevo, y yo era el bombero de todos. No había procesos, había Bernardo. Y cuando tú eres el proceso, el negocio no escala: tú te desgastas.
Contraté mal. Y peor: me tardé años en corregirlo. Contratar mal le pasa a todo el mundo, lo que de verdad me costó fue la segunda parte: saber que alguien no funcionaba y aún así mantenerlo meses, a veces años. Por evitar la conversación incómoda, por lealtad mal entendida. Y siendo brutalmente honesto conmigo: porque una parte de mí contrataba y retenía gente buscando que me reconocieran. Quería ser el buen jefe, el líder querido. El equipo se volvió otra fuente de validación y cuando contratas para que te aplaudan en lugar de para que el negocio funcione, tomas decisiones de gente con el ego y no con el criterio.
Invertí antes de tiempo. Mezcal, restaurantes, cervecería, proyectos que necesitaban seis meses más de análisis y yo les di seis días de entusiasmo. No era visión: era ego y adrenalina. Confundí velocidad con valentía y el mercado no perdona las decisiones que tomas con la panza en lugar de la cabeza.
Y debajo de todos estos errores había uno más grande, el error raíz, el que tardé más de una década en nombrar:
Lo hice todo solo. Doce años tomando decisiones sin nadie con quién rebotarlas. Sin un socio de verdad, sin una mente par, sin alguien que me dijera “a ver, güey, espérate” antes de firmar, contratar o invertir. Todos los errores de arriba tienen algo en común: son errores que una segunda cabeza, sentada enfrente de mí con la confianza de contradecirme, probablemente habría atrapado. No todos, pero muchos.
La soledad del fundador no es un cliché motivacional, es un riesgo operativo. Tu peor consejero eres tú mismo cuando nadie te cuestiona.
Y hay algo que me cuesta escribir pero es verdad: en algún punto de esa fase, Uncommon dejó de ser el lugar donde me encantaba trabajar y se convirtió en un lugar donde odiaba trabajar. La empresa que fundé para liberarme se volvió mi jaul, arreglé problemas personales de terceros, me endeudé para “ser buen jefe”, sostuve situaciones tensas por demasiado tiempo. Una jaula hecha y derecha, construida por mí, decorada por mí, con la puerta abierta todo el tiempo.
Fase tres: donde estoy ahora
Los últimos años han sido de rediseño. No un rebranding, no un pivote de esos que se anuncian en un post. Un rediseño de fondo: de la estructura, del equipo, del modelo, y sobre todo, de mi relación con la empresa.
He hecho el trabajo que evité durante años, las conversaciones difíciles que pospuse. La reestructura que dolía, soltar gente, soltar proyectos, soltar la versión de mí que necesitaba que todo eso me definiera. He trabajado en entender por qué operaba como operaba, y la respuesta corta es que pasé buena parte de mi vida confundiendo ser valorado con ser querido. Cuando eso lo llevas a una empresa, la empresa se convierte en tu máquina de validación, y una máquina de validación es un pésimo negocio.
Hoy Uncommon es, otra vez, un lugar donde me gusta estar. Eso, después de haberla odiado, no es poca cosa. Pero la parte honesta del final, la que normalmente no se escribe en los posts de aniversario: no sé qué sigue.
En estos años he tenido conversaciones de venta con terceros que no se concretaron. Posibles alianzas con otras organizaciones que tampoco. Y cada proceso que no se cerró me dejó la misma pregunta rebotando: ¿qué es Uncommon en esta siguiente etapa? ¿Mi plataforma de expresión? ¿De propósito? ¿De enseñanza? ¿Un negocio que crece y eventualmente camina sin mí? ¿Otra cosa que todavía no tiene nombre?
No lo sé. Y por primera vez en doce años, estar en el no sé no me da pánico.
Antes, la incertidumbre me habría empujado a hacer algo, lo que fuera, rápido. Contratar a alguien, lanzar algo, firmar algo, moverme para no sentir. Hoy entiendo que hay incertidumbres que no se resuelven con velocidad, se resuelven con presencia. Quedándote en la pregunta el tiempo suficiente para que la respuesta sea tuya y no de tu ansiedad.
Lo que le diría a alguien empezando
Si algo de estos doce años le sirve a alguien que va arrancando, es esto:
Consíguete una mente par antes que un logo. Alguien con permiso real de contradecirte. Tu error más caro no va a ser una mala decisión: va a ser una decisión que nadie cuestionó.
Revisa para quién estás construyendo. Si en el fondo estás construyendo para que te aplaudan, tarde o temprano la empresa se convierte en escenario de comedia, y el payaso eres tú (lo fui yo).
Corrige rápido. El costo de una mala contratación no es contratarla: es cada mes que la mantienes sabiendo que no funciona.
Y cuando llegues al punto de odiar lo que construiste, y ojalá no llegues, pero muchos llegamos, no lo quemes todo. A veces la empresa no está rota, a veces lo que está roto es la razón por la que la construiste. Eso se puede rediseñar, yo estoy en eso.
Doce años, todavía aquí, todavía sin todas las respuestas. Doce años y volver a empezar.
Y por primera vez, eso me parece exactamente el lugar correcto para estar.
Sobre el autor
Bernardo Torres es consultor de innovación y estrategia en México, fundador de Uncommon.